
ROMÁN (BÚHO)
GARCÍA SÁNCHEZ
DICTÁMENES- ROMÁN GARCÍA (BÚHO)
Que nadie siga los dictámenes de mi corazón,
Porque le conducirán a lugares prohibidos donde la razón
no encuentra cabida al margen del sentimiento.
Muerdan el polvo y arrastren sus espaldas
Aquellos que juzgan sin querer ser juzgados,
Aquellos que con sus palabras se atreven
A poner sobre su boca mi cara.
Bienvenida sea la risa del diablo
A mi banquete fúnebre,
Mostrando al mundo que sigo siendo el mismo
Y que a pesar de lo que muchos piensan no he cambiado.
Alabemos a los valientes,
A aquellos que se atreven a vivir sus vidas
sin importar el qué dirán
ni los quehaceres rutinarios.
Apostemos por el júbilo y la alegría,
Por la espuma del mar,
Por el whisky barato,
Por el borracho de barrio,
Por la puta y no el sicario
Por la paz y la igualdad
Por follar cada día,
Por tu boca y tu sonrisa
Por la tuya y por la mía.
EL SOÑADOR- ROMÁN GARCÍA (BÚHO)
Dormía tan poco el soñador que sus ojos se cubrían de un negro oscuro como si la noche quisiera ser. Ojeroso le llamaban sus amigos, inconsciente su familia, libertad su corazón.
A veces jugaba a ponerle nombre a las estrellas del firmamento y quedaba con sus amigas para jugar a las manualidades nocturnas. Injería e injería y su panza se hinchaba como si del globo de un niño se tratase.
Cuando sentía la escarcha de la madrugada buscaba cobijo y diversión en los brazos de lujuria y esta le lamia todo el cuerpo dulce y fresco impregnado en whisky. Él por su parte sonreía y creía estar viendo el túnel del fin del mundo ante sus ojos, por lo que solo podía hacer una cosa: chuparlo hasta desgastarse y hacer sangrar sus labios. En ese preciso instante era cuando libertad aparecía entrando en escena y la risa de la hiena sonaba de fondo en su cabeza. Él se detenía un segundo en su quehacer y pensaba que no podía ser más feliz. Qué buena era su dicha.
A las pocas horas el manto del sol le arropaba y mecía en sus brazos para que comenzara su rutina. El día había llegado y la muerte había hecho su entrada en escena con él. Parecía uno más entre tanta gente con su trabajo y sus hábitos. Lentamente deambulaba por el mundo con sus ojeras negruzcas y su delgadez insana hasta que llegaba de nuevo su nocturna compañera. Solía salir de la ducha calzándose su traje de superhéroe, mirándose orgulloso al espejo. Sus ojeras cada día tenían peor pinta pero su corazón seguía vivo.
Un día más amigo; un día más.
Para los insomnes.
EL TABLÓN Y LA EBANISTA- ROMÁN GARCÍA (BÚHO)
La madera estaba viva. Todos pensaban que era un trozo inerte compuesto de vetas roídas por el inquebrantable pasar del tiempo, pero no era así. El tablón taciturno se movía todos los días y agrietaba su cuerpo, clamando al cielo que estaba vivo y que no podría ser ignorado durante mucho más tiempo. Fue la extrema sensibilidad de una ebanista la que percibió la fuerza muda de la materia. Ella abrazo con cariño su forma y su vida sin prejuicios ni hostilidades, con el único objetivo de entender qué extraña fuerza residía en su interior.
Las ondulantes formas de la madera la cautivaron hasta tal punto que pasaba los días en ayunas mirando absorta las sinuosas carreteras que en sus surcos se dibujaban, queriendo descubrir los enigmas que en ella se encontraban. Fascinante. Un día, por fin, la libertad apareció y los violines lloraron de alegría vibrando sus cuerdas como hasta entonces nunca lo habían hecho. La ebanista salió al mundo a mostrarle su descubrimiento con el rostro iluminado por el conocimiento más puro. Los senderos eran confusos pero no la meta a alcanzar en ellos. Ésta era tan nítida como la vista del águila de la montaña que es reina de los cielos y de la tierra. El amor entre la mujer y la madera era ya único.
La ebanista fue una visionaria, al igual que el tablón estaba lleno de vida, simplemente debía ser mirado por el prisma correcto.
Para Julia
10. 000 corazones- Román García (Búho)
Relato corto
